Agustina Rinaldi es artista visual e investigadora argentina. Trabaja en la intersección entre prácticas ecológicas, pensamiento del decrecimiento y experimentación con materiales no industriales. La siguiente entrevista fue realizada por videollamada en noviembre de 2025.
Candelaria Penido: Quisiera empezar por el título que le pusiste a tu última muestra: Respiración de la materia. ¿De dónde viene esa respiración?
Agustina Rinaldi: Viene de un momento muy concreto. Estaba trabajando con arcillas locales —arcillas que recojo yo misma del río—, y noté algo que la literatura científica ya documenta: que las arcillas tienen una microestructura que se expande y se contrae con la humedad. Literalmente respiran. Yo estaba en el taller, una noche de julio, y las piezas que había modelado al sol de la tarde, cuando entré a la madrugada, habían cambiado. Habían movido sus formas. No es animismo: es geología.
CP: Y sin embargo tu trabajo se lee desde otros lugares también. Hay quien lo vincula con el new materialismo de Jane Bennett, o con Donna Haraway.
AR: Sí, y con Merleau-Ponty, aunque parezca raro. Merleau-Ponty dijo algo que me parece crucial: que la piel no es lo que separa al cuerpo del mundo, sino lo que los pone en contacto. Cuando trabajo con pigmentos, con tierra, con ceniza, no estoy representando la materia: estoy siendo materia en otro arreglo. No hay una distancia estética: hay una continuidad.
CP: En tu muestra hay piezas que se degradan con el tiempo. Algunas están hechas con azúcares y sales que, expuestas al aire, lentamente se cristalizan y se rompen. Eso rompe con la lógica del objeto de arte como mercancía.
AR: Totalmente. Si la pieza se destruye, no se puede vender. Y está bien. El arte que a mí me interesa es un arte que acompaña procesos, no que los congela. Una obra de arte no es un objeto: es un evento. Y un evento tiene su duración. Algunas de mis piezas duran seis meses; otras, dos semanas. Algunas ya no existen y eso no me preocupa. Me importa más el tipo de atención que esas piezas le exigieron al espectador: una atención al cambio, a la pérdida, a la transitoriedad.
CP: ¿Cómo te ubicas frente al debate de la sustentabilidad? Porque una podría argumentar que el arte, en términos de huella de carbono, es casi irrelevante.
AR: Es un argumento legítimo, pero a mí me interesa más la pregunta ética que la pregunta cuantitativa. ¿Qué tipo de relación con la materia estoy construyendo? ¿Estoy extrayendo, o estoy cultivando? ¿Estoy acumulando, o estoy participando? La huella de carbono del taller es lo que es. La pregunta más grande es si mi práctica refuerza o deshace la fantasía de que los humanos estamos separados del mundo que habitamos.
CP: Ahí aparece Anna Tsing con sus setas de fin del mundo. El hongo que crece en la ruina, que sólo aparece en un paisaje destruido.
AR: Tsing me parece una autora fundamental. Su idea del precarity como condición compartida —no como lástima— cambia todo. Si lo precario no es lo que les pasa a los otros, sino la condición general de la vida en el Antropoceno, entonces la ética no puede basarse en la seguridad de un sujeto ya constituido. Tiene que basarse en la exposición.
CP: ¿Y cómo se traduce eso en una pieza concreta?
AR: Te cuento la última. Para una muestra en Córdoba, recogí hojas caídas en el parque después de una tormenta fuerte. Las hojas estaban literalmente empapadas de partículas, de historia, de contaminación. Las embebí en cera de abeja local, porque la cera es un material que las abejas producen para resguardar lo que entra a la colmena. Es un gesto casi ritual: resguardar lo que parece desecho, sin domesticarlo. Las piezas que hice con esas hojas se llaman Archivo de lo que cae. Son archivos frágiles. No es arte que sobreviva al tiempo: es arte que se sostiene mientras el tiempo lo permite.
CP: Hablemos del taller como espacio. Hay algo muy concreto, muy situado, en cómo describes tu trabajo.
AR: Sí. Yo no trabajo en un estudio neutro. Trabajo en un galpón en las afueras de Rosario, en un terreno que comparto con un vecino que cultiva. Mis procesos de trabajo dependen de la estación, de la lluvia, de la disponibilidad de los materiales locales. Cuando no hay arcilla, no hay piezas. Cuando la cera escasea, no hay piezas. Es una práctica de la atención a lo disponible, no del catálogo infinito.
CP: Eso resuena con lo que Eduardo Kohn llama un anthropologie beyond the human y con el trabajo de Anna Lowenhaupt Tsing sobre las arts of noticing.
AR: Absolutamente. Kohn me parece lúcido al señalar que toda vida es semiosis, es decir, es interpretación. Si una planta está interpretando la luz y un hongo está interpretando la química del suelo, entonces el conocimiento no es un privilegio humano. Es una práctica compartida. Y eso cambia la política del taller: ya no soy la autora en sentido romántico, soy una participante más dentro de un sistema de interpretaciones.
CP: Para terminar: ¿qué es para vos la materia hoy?
AR: La materia es lo que se cansa de ser usada y empieza a responder. Es lo que no se deja tratar como recurso. Es lo que se mueve cuando dejás de mirarla. La materia no es lo inerte: es lo que está en curso. Respirar, para mí, es eso: estar en curso.
Agustina Rinaldi trabaja actualmente en una nueva serie de piezas en colaboración con un meliponicultor de la provincia de Misiones, usando ceras de abejas nativas sin aguijón como matriz para archivos de hojas locales. La serie se expondrá en 2026.